Un poco de Freundlichkeit
Hoy aprendí algo más. Como siempre estaba yo en el autobús que me lleva de la casa a la Academia, cuando vi un viejecito tratando de subir por la puerta de ingreso. Yo, como buena Girl Scout, y porque estaba cerca de la puerta, le ofrecí mi ayuda, la cual aceptó de buena gana.
En el trayecto el abuelito me preguntó si yo también iba a la estación central y me contó que quería visitar a un amigo pero que le costaba trasladarse. Al oírlo se me partía el corazón, así que decidí darme un paseo hasta la estación central, aún cuando la mía estaba a unos minutos. Missttttt otra vez tarde para las clases!.
Luego de que le dijera que pronto llegaríamos, sacó con esfuerzo su billetera y me alcanzo 10 euros, lo que sería 40 soles en Perú, y me dijo que lo aceptara por mi “Freundlichkeit”, es decir por mi amabilidad. Por supuesto no acepté el billete que insistente trataba de darme, y le agradecí muchas veces. Danke, Danke schon!!
Al salir del bus, me quedé un poco triste y al mismo tiempo pensativa. No es la primera vez que veo a un anciano subir solo o bajar solo de un bus o un tren. Siempre lo hacen con mucha dificultad aún cuando tengan aparatos modernos que los ayuden. 
Y es que Alemania es una sociedad encanecida. La sociedad germana está conformada por 83 millones de habitantes, es decir es el estado más poblado de la Unión Europea. Sin embargo, el promedio de la población envejece desde hace varias décadas y conjuntamente se da otro problema: el descenso constante en su tasa de natalidad. Como entenderán, con una sociedad vieja y con poco relevo generacional, la viabilidad del sistema de pensiones y la disponibilidad en el futuro de mano de obra suficiente es un gran problema. Como consecuencia, el país se hace dependiente de la inmigración para mantener relativamente estable su nivel demográfico.
Aún en contra de mi propósito de no hablar de temas legales, no puedo dejar de mencionar una sentencia del Tribunal Constitucional (TC) de Alemania según la cual los hijos no están obligados a mantener a sus padres ancianos. De acuerdo a los magistrados, la obligación de recurrir a los padres con los ahorros de uno, debe quedar relegada a un segundo plano, pues a partir de cierta edad los hijos, por regla general, tienen que ocuparse de sus propios descendientes o hacer previsiones para su propia vejez.
La sentencia no hace más que confirmar la realidad. Desde que llegue aquí me di cuenta que los ancianos son menos cuidados por sus familiares que en América Latina. En Alemania, como en la mayoría de los países industrializados occidentales, se dice que hay una crisis de atención a la vejez. La presión que exige la modernidad y el ritmo de trabajo ha desbaratado el núcleo familiar. Mientras que antes era evidente que cuando envejecieran los padres serían cuidados por los hijos, hoy en día los hijos ya no viven donde nacieron, o donde viven los padres. Los hijos están repartidos por todo el país y en el extranjero. Entonces, los viejos pasan a ser responsabilidad de asilos y centros de atención, lo que antes era competencia de la familia.
Esto es un tristeza para mi que soy foránea y que me criado con abuelas y abuelos en casa, imagino que como muchos de ustedes.
Finalmente, pienso que los mensajes que transmite la publicidad alemana sobre los últimos años de vida, pintan la vejez como un verdadero paraíso terrenal: dormir hasta bien entrada la mañana mientras que otros tienen que ir a trabajar, reunirse con amigos por la tarde a tomar un café o ir al museo, pasar la vida viajando, etc. “Quien a trabajado una vida entera, recibirá después de la jubilación una renta jugosa que le permitirá vivir holgadamente”- es lo que nos quieren transmitir. Sin embargo, la realidad de millones de ancianos alemanes es muy distinta; es una realidad con un alto estándar de vida y los mejores servicios médicos, esto sí, pero con mucha soledad cada día.



